"Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna." (Juan 3:14-16) Disfruto mucho al leer en el Antiguo Testamento que cuando Moisés bajó del monte su rostro resplandecía con la gloria de Dios. ¡Oh, cómo anhelo esa gloria! A lo largo de los años, después de Pentecostés, los solemnes y serios maestros de la teología, hombres de sustancia, han sido ejemplo de la predicación de esos días. No es de extrañar que Dios se moviera en su esplendoroso reavivamiento entre el pueblo de Dios. Por alguna razón la predicación cambió. Algunos dicen que tiene que adaptarse a la época. Pero no estoy tan seguro de que sea esa la razón. Hoy la predicación no siempre es elevada; es más, suele ser corriente, frívola, burda, sin...