Buscar a Dios: el llamado a una relación viva | Madelin Reyes
Normalmente pensamos que “buscar a Dios” se reduce a congregarnos, servir en la iglesia, ejercer un ministerio o realizar obras de caridad. Sin embargo, aunque estas prácticas son valiosas y bíblicas, no agotan lo que significa buscar al Señor. La Escritura enseña que buscar a Dios es un acto más profundo: implica todo nuestro ser, afecta nuestras motivaciones, transforma nuestros afectos y orienta toda nuestra vida hacia Él.
David es un ejemplo de ello. La Biblia lo describe como un hombre conforme al corazón de Dios, no porque fuera perfecto, sino porque su deleite, su refugio y su esperanza estaban en el Señor. Desde joven buscó a Dios con sinceridad: hablaba con Él, le escribía salmos, cantaba a Su Nombre, danzaba en gratitud, meditaba en sus mandamientos y, aun en sus batallas, reconocía que la victoria provenía del Señor. Esta búsqueda no era un acto meramente externo; brotaba de un corazón rendido a la gracia de Dios.
«Yo te busco de todo corazón; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti… En tus testimonios me regocijo más que en todas las riquezas». (Salmo 119:10-14)
Hace algunos años enfrenté grandes retos en mi vida laboral. En medio de esas dificultades aprendí a buscar a Dios con mayor diligencia. En cada angustia clamaba a Él, y en cada alegría daba gracias por su fidelidad. El Señor se convirtió en mi refugio seguro. Aquellas circunstancias me enseñaron que buscar a Dios es cultivar una relación viva con Él, una comunión diaria sostenida por Su gracia.
«Para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle; aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros». (Hechos 17:27)
¿Por qué decimos entonces “buscar a Dios”? ¿Acaso Él se esconde? No. Dios nunca se pierde. Más bien, somos nosotros quienes nos desviamos, y es su gracia la que nos mueve a regresar. Permíteme ilustrarlo: buscar a Dios es como explorar una isla en busca de un tesoro. Los que lo buscan siguen cada pista con atención y perseverancia. Cuando al fin lo encuentran, su corazón se llena de gozo por las riquezas halladas. Así es nuestra relación con Dios: lo buscamos porque Él es el tesoro supremo. Dedicamos tiempo, atención y amor, porque conocerlo y agradarle es la verdadera riqueza del alma.
La vida con Dios también requiere cuidado constante, como una planta que necesita ser regada y abonada para no marchitarse. En una relación hay comunicación: cuando oramos, hablamos con Dios; cuando leemos la Escritura, Él nos habla a nosotros. Por eso, no buscamos a Dios para ganar su favor, sino porque hemos sido alcanzados por su gracia y ahora deseamos vivir para Él.
«Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día». (Salmo 25:5)
Buscar a Dios es necesario cada día, en todo momento y en cualquier lugar. Involucrarlo en nuestras decisiones, someter nuestra voluntad a la Suya y reconocerlo en todos nuestros caminos. Cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, nuestras decisiones se vuelven más sabias, crecemos en integridad, cultivamos la fe y la esperanza, aprendemos a perdonar y somos de bendición a otros.
Y recuerda siempre esto: Dios no es religión vacía; es relación verdadera sostenida por Su gracia.
