Aun el cristiano auténtico puede mostrar mucha debilidad | J. C. Ryle
Aprendamos, en tercer lugar, que aun el cristiano auténtico puede mostrar mucha debilidad.
Aquí se consigna una prueba impresionante de esto en la conducta de sus discípulos que despertaron a Jesús, apurados. Le dijeron, llenos de temor y ansiedad: "¡Señor, sálvanos, que perecemos!".
Hubo impaciencia. Podían haber esperado hasta que su Señor considerara oportuno responder. Hubo incredulidad. Hablaron como si dudaran de que su Señor se interesara o le importara su seguridad y bienestar. "¿No tienes cuidado que perecemos?" (Mr. 4:38).
¡Pobres hombres sin fe! ¿Qué motivo tenían para temer? Habían visto prueba tras prueba que todo andaría bien mientras el Esposo estuviera con ellos. Habían sido testigos de numerosos ejemplos de su amor y bondad hacia ellos, tantos como para convencerse de que él nunca dejaría que les aconteciera algo realmente malo. Pero lo olvidaron todo ante un peligro inminente.
El sentido de una desgracia inmediata, a menudo, causa que el hombre pierda la memoria. Muchas veces, el temor le impide al hombre razonar basándose en experiencias del pasado. Oyeron el viento. Vieron las olas. Sintieron el agua fría que los golpeaba. Se imaginaban que estaban muy cerca de la muerte. No aguantaban más el suspenso. "¿No tienes cuidado", dijeron ellos, "que perecemos?".
Pero, en definitiva, comprendamos que ésta no es más que una escena de lo que pasa constantemente entre creyentes de todas las épocas. Sospecho que hay demasiados discípulos este mismo día, que actúan igual que los que estamos describiendo.
Muchos de los hijos de Dios se las arreglan muy bien mientras no tienen problemas. Siguen a Cristo bastante bien mientras brilla el sol. Creen estar confiando plenamente en Cristo. Se engañan pensando que han echado sobre él todas sus cargas. Tienen la reputación de ser muy buenos cristianos.
Pero de pronto, les sobreviene una prueba inesperada. Pierden sus bienes. Les diagnostican una enfermedad. La muerte hace su entrada en su hogar. Surgen
tribulaciones o persecuciones debido a la Palabra. Y ahora, ¿dónde está su fe? ¿Dónde está la confianza segura que creían tener? ¿Dónde está su paz, su esperanza y su resignación? Ay, las buscan y no las encuentran. Ay, son pesados en balanza y son hallados faltos (Dn. 5:27).
El temor, la duda, la desesperación y la ansiedad irrumpen sobre ellos como un diluvio y no saben qué hacer. Sé que ésta es una descripción triste. Apelo a la conciencia de todo cristiano verdadero para que me diga si lo que digo no es correcto y la verdad.
La verdad lisa y llana es que no existe la perfección literal y absoluta entre los cristianos verdaderos mientras están en el cuerpo. El mejor y más brillante de los santos de Dios no es más que un pobre ser confundido. Por más convertido, renovado y santificado que sea, sigue sujeto a debilidades y enfermedades.
No existe ni un justo sobre la tierra que haga siempre lo bueno y que no peque. Si ofendemos en una sola cosa, ofendemos en todo. Alguien puede tener una fe auténticamente salvadora, sin embargo, no siempre tenerla a la mano, lista para ser usada (Ec. 7:20; Stg. 3:2).
Abraham fue el padre de los fieles. Por fe, dejó su tierra y su parentela, y salió obedeciendo el mandato de Dios a una tierra que nunca había visto. Por fe se contentó con vivir en la tierra como un extranjero, creyendo que Dios se la daría como herencia. Y aun así, éste fue el Abraham, quien dominado por la incredulidad, hizo pasar a su esposa como su hermana, por temor a un hombre. Aquí hubo gran flaqueza. No obstante, han existido pocos santos más grandes que Abraham.
David era un hombre conforme al corazón de Dios; siendo sólo un muchacho tuvo fe para salir y enfrentar al gigante Goliat. Declaró públicamente su creencia de que el Señor, habiéndolo librado de las garras del león y del oso, lo libraría también de este filisteo. Tuvo fe para creer la promesa de Dios de que un día sería rey de Israel, aunque tenía pocos seguidores y a pesar de que Saúl lo persiguió como a una codorniz en las montañas y, a menudo, parecía haber sólo un paso entre él y la muerte. Y aun así, a pesar de haber sido librado, este mismo David en cierta ocasión, fue dominado por el temor y la incredulidad al punto de decir: "Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl" (1 S. 27:1). Se olvidó de las muchas y maravillosas veces cuando la mano de Dios lo había liberado. Pensó en el peligro que corría en ese momento y se refugió entre los filisteos impíos. Aquí demostró gran debilidad. No obstante, han existido pocos creyentes más fuertes que David.
Sé que sería fácil comentar: "Todo esto es muy cierto, pero no justifica el temor de los discípulos. Contaban con la presencia física de Jesús. ¡Cómo podían tener miedo! ¡Yo nunca hubiera sido tan cobarde y escéptico como lo fueron ellos!". Le digo que el que piensa esto, conoce muy poco su propio corazón. Le digo que nadie conoce la longitud y amplitud de sus propias debilidades si no ha sido tentado. Nadie puede saber cuánta debilidad afloraría en su ser si se encontrara en circunstancias que la provocaran.
¿Piensa alguno de mis lectores que cree en Cristo? ¿Siente usted tanto amor y confianza en él que no puede pensar en la posibilidad de ser sacudido por algo que le pudiera suceder? Qué bueno. Me alegra saberlo. Pero, ¿ha sido probada esa fe ? ¿Ha sido puesta a prueba esa confianza? Si no, tenga cuidado de no apurarse en juzgar a estos discípulos. No sea soberbio, en cambio tenga temor. No piense que porque su corazón está contento ahora, esto durará para siempre.
No diga, porque sus sentimientos son cálidos y fervientes hoy: "Mañana será como hoy y mucho más abundante". No diga que porque su corazón está seguro en este momento teniendo un sentido sólido de la misericordia de Cristo: "Mientras tenga vida, no me olvidaré de él". Oh, procure aplacar un poco esta estimación halagadora de sí mismo. Usted no se conoce del todo. Hay más cosas en su hombre interior de las que tiene conciencia en este momento. El Señor puede actuar como lo hizo con Ezequías para mostrarle lo que hay en su corazón (2 Cr. 32:31). Bienaventurado el que se reviste "de humildad". "Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios". "Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 P. 5:5; Pr. 28:14; 1 Co. 10:12).
¿Por qué recalco esto? ¿Quiero ofrecer disculpas por las corrupciones de los cristianos profesantes y excusar sus pecados? ¡Ni lo mande Dios! ¿Quiero rebajar la norma de la santificación y tolerar al soldado haragán e indolente de Cristo? ¡Dios no lo quiera! ¿Quiero borrar la línea que marca la diferencia entre el convertido y el inconverso, y disimular sus contradicciones? Una vez más exclamo: ¡Dios no lo quiera!
Creo firmemente que existe una diferencia enorme entre el cristiano verdadero y el falso, entre los hijos de Dios y los hijos del mundo. Creo firmemente que esta diferencia no es sólo de fe, sino también de estilo de vida, no sólo de labios para fuera, sino también de práctica cotidiana. Creo firmemente que el comportamiento del creyente debe ser tan diferente al del inconverso como lo es lo amargo de lo dulce, la luz de la oscuridad y el calor del frío.
Pero sí quiero que los nuevos cristianos comprendan lo que deben esperar encontrar en sí mismos. Quiero prevenirles para que no tropiecen ni se confundan cuando descubran sus propias debilidades. Quiero que comprendan que pueden tener auténtica fe y gracia, a pesar de que el diablo les susurre lo contrario y aunque sientan dudas y temores. Quiero que noten que Pedro, Santiago, Juan y sus hermanos eran verdaderos discípulos y, no obstante, aunque eran muy espirituales, también se atemorizaban. No les digo que usen la falta de fe de los discípulos para justificarse ni excusarse ellos mismos. Pero sí les digo que esa falta de fe de los discípulos muestra claramente, que mientras están en el cuerpo, no deben esperar que su fe esté por encima del temor.
Sobre todo, quiero que todos los cristianos comprendan lo que pueden esperar de otros cristianos. No debemos apresurarnos a concluir que alguien no tiene la gracia, sólo porque le vemos algún signo de corrupción. El sol tiene manchas y no obstante brilla en todo su esplendor y alumbra a todo el mundo.
El oro de Australia viene mezclado con cuarzo y escoria y, aun así, ¿quién piensa que por eso el oro no vale nada? Algunos de los diamantes más valiosos del mundo tienen sus defectos, pero no por eso dejan de tener un gran valor. ¡Fuera con estos reparos mórbidos por los que muchos excomulgarían a alguien por el hecho de tener faltas! ¡Seamos más diligentes para ver la gracia y más lentos para ver las imperfecciones!
Comprendamos que si no admitimos que hay gracia donde hay corrupción, no encontraremos gracia en el mundo. Todavía estamos en el cuerpo. El diablo no ha muerto. Aún no somos como ángeles. Aún no ha comenzado el cielo. Las paredes del leprosorio no se verán libres de la lepra por más que las limpiemos y raspemos. Nunca se quitarán los residuos de la lepra hasta que se tire abajo el edificio.
Ciertamente nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, pero no es un templo perfecto hasta que hayamos resucitado o cambiado. La gracia es, por cierto, un tesoro, pero un tesoro en vasija de barro. Es posible que el hombre renuncie a todo por el nombre de Cristo y, sin embargo, ser asaltado, a veces, por dudas y temores.
Ruego a cada lector que recuerde esto. Es una lección que merece su atención. Los apóstoles creían en Cristo, amaban a Cristo y renunciaron a todo para seguir a Cristo. Y sin embargo, vemos que en esta tormenta, los apóstoles tenían miedo. Aprendamos a ser comprensivos cuando juzgamos a otros. Aprendamos a ser moderados en las expectaciones de nuestro propio corazón.
Contendamos defendiendo hasta la muerte, la verdad de que nadie es un cristiano verdadero si no se ha convertido y es un hombre santo. Pero reconozcamos que el hombre puede ser convertido, tener un nuevo corazón, ser un hombre santo y, aun así, ser débil, tener dudas y temores.
Extraído del libro El Señor de las olas, por J. C. Ryle. Publicado por Chapel Library www.ChapelLibrary.org/spanish
