El poder del Señor Jesucristo | J. C. Ryle
Tenemos un ejemplo impresionante de su poder en la historia que estamos enfocando. Las olas azotaban la barca en la que estaba Jesús. Los aterrados discípulos lo despertaron y clamaron a él. "Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza". Éste fue un milagro maravilloso. Nadie que no fuera todopoderoso hubiera podido hacerlo.
¡Hacer cesar el viento con sólo dos palabras! Hay un dicho común que describe algo que es imposible: "¡Es como hablarle al viento!". Pero Jesús reprende al viento y se calma al instante. Esto es poder.
¡Calmar las olas con su voz! ¿Qué estudiante de la historia no sabe de aquel poderoso rey de Inglaterra que trató, en vano, de detener una creciente ola que subía del mar? Pero aquí tenemos al que le dice a las olas embravecidas en una tempestad: "Calla, enmudece" y se hizo la calma. Eso es poder.
Es bueno que todos los hombres tengan una visión clara del poder del Señor Jesucristo. Sepa el pecador que el Salvador misericordioso al cual es invitado a acudir y confiar en él, es nada menos que el Todopoderoso que tiene potestad sobre toda carne para dar vida eterna a todos los que en él creen (Ap. 1:8; Jn. 17:2). Comprenda el simpatizante ansioso, que si confía en Jesús y toma su cruz, está confiando en Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18). Recuerde el creyente en su peregrinaje por el desierto que, a través de su Mediador, Abogado, Médico, Pastor y Redentor, el Señor de señores y Rey de reyes, todas las cosas son posibles (Ap. 17:14; Fil. 4:13). Estudiemos el tema, porque merece ser estudiado.
(a) Estudiémoslo en sus obras de creación. "Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho" (Jn. 1:3). Los cielos y todas las gloriosas huestes de habitantes, la tierra y todo lo que contiene, el mar y todo lo que en él hay, sí, toda la creación, desde el sol en las alturas hasta el gusano más pequeño debajo de la tierra, fueron obras de Cristo. Él habló y fueron creados. Lo ordenó y comenzaron a existir. Ese mismo Jesús, quien nació de una pobre mujer en Belén y vivió en la casa de un carpintero en Nazaret, fue el que formó todas las cosas. ¿No fue esto poder?
(b) Estudiémoslo en las obras de su providencia y la continuación ordenada de todas las cosas en el mundo. "Todas las cosas en él subsisten" (Col. 1:17). El sol, la luna y las estrellas giran dentro de un sistema perfecto. Primavera, verano, otoño e invierno ocurren en un orden sucesivo perfecto. Ese orden sigue hasta este día y no falla, por orden de Aquel que murió en el Calvario (Sal. 119:91). Los reinos de este mundo se levantan, llegan a su apogeo, declinan y desaparecen. Los gobernantes de este mundo trazan planes, confabulan, dictan y cambian leyes, guerrean, vencen a unos y levantan a otros. Pero no tienen en cuenta que gobiernan únicamente por la voluntad de Jesús y que nada sucede sin el permiso del Cordero de Dios. ¿No saben que ellos y sus súbditos son como una gota de agua en la mano del Crucificado y que es él quien prospera a las naciones y las reduce a la nada según su beneplácito?
(c) Estudiemos el tema enfocando los milagros realizados por nuestro Señor Jesucristo durante sus tres años de ministerio aquí en la tierra. Conozcamos por las obras portentosas que realizó, que las cosas imposibles para el hombre son posibles para Cristo. Consideremos cada uno de sus milagros como un emblema y representación de cosas espirituales. Vemos en ellos una representación hermosa de lo que puede hacer por nuestras almas. Aquel que pudo levantar a los muertos con una palabra de su boca puede con la misma facilidad levantar al hombre muerto en pecado. Aquel que pudo dar vista al ciego, abrir los oídos del sordo y darle voz al mudo, puede hacer que el pecador vea el reino de Dios, oiga el sonido gozoso del evangelio y proclame alabanzas por el amor redentor. Aquel que pudo sanar al leproso con un toque de su mano, puede curar cualquier enfermedad del corazón. El que puede echar fuera demonios puede ordenar a cada pecado arraigado que ceda a su gracia. ¡Oh, comencemos a leer los milagros de Cristo viéndolos desde esta perspectiva! Por más inicuos, malos y corruptos que nos sintamos, animémonos sabiendo que sanar está dentro del poder de Cristo. Recordemos que en Cristo no sólo hay plenitud de misericordia, sino también plenitud de poder.
(d) Estudiemos el tema en particular tal como se aplica a nosotros este día. Me atrevo a asegurar que, a veces, su corazón ha sido zarandeado de acá para allá como las olas en una tempestad. Se ha sentido usted agitado como las aguas en un mar embravecido cuando no se puede calmar. Venga y preste atención este día a Aquel que le puede dar descanso. Sea lo que sea que lo altera, Jesús le puede decir a su corazón: "¡Calla, enmudece!".
¿Qué, si su conciencia está abrumada por el recuerdo de incontables transgresiones y despedazada por cada ráfaga de tentación? ¿Qué, si la carga del recuerdo de algún aberrante libertinaje le parece grave y es intolerable? ¿Qué, si su corazón parece estar lleno de perversidad y el pecado parece arrastrarlo por donde quiere como si fuera su esclavo? ¿Qué, si la maldad se pasea por su alma como un conquistador diciéndole que es inútil resistirla, que no hay esperanza para usted?
Le aseguro que está Aquel que le puede dar perdón y paz. Mi Señor y Maestro Jesucristo puede reprender los ataques del diablo, calmar los sufrimientos de su alma y decirle: "¡Calla, enmudece!". Él puede hacer desvanecer esa nube de culpa que ahora lo agobia. Puede ordenar a la desesperación que se retire. Puede espantar al temor. Puede quitar el espíritu de esclavitud y llenarlo con el espíritu de adopción. Satanás puede tener presa a su alma como si fuera un hombre fuertemente armado, pero Jesús es más fuerte que él y cuando él ordena, los prisioneros tienen que recobrar su libertad. ¡Oh, si algún lector atribulado quiere calma interior, acuda hoy mismo a Jesucristo y todo comenzará a ir bien!
Pero ¿qué, si su corazón está bien con Dios, pero aun así está presionado con la carga de aflicciones terrenales? ¿Qué, si el temor a la pobreza lo está zarandeando de un lado a otro y parece que lo va a vencer? ¿Qué, si día tras día lo abruma algún dolor físico? ¿Qué, si súbitamente se ve obligado a dejar de trabajar y debido a alguna enfermedad tiene que estar inactivo y no hacer nada? ¿Qué, si la muerte ha visitado su hogar y se ha llevado a su Raquel, su José o Benjamín y se ha quedado solo, agobiado por el dolor? ¿Qué, si le ha sucedido algo de esto?
En Cristo sigue habiendo consolación. Él puede dar paz a los corazones lastimados con la misma facilidad con que calmó al mar embravecido. Puede reprender a las voluntades rebeldes con el mismo poder con que reprendió al viento huracanado. Puede calmar las tempestades de la aflicción y silenciar las pasiones tumultuosas, igual como lo hizo con la tormenta galilea. Puede decirle a la peor ansiedad: "¡Calla, enmudece!".
La avalancha de preocupaciones y tribulaciones puede ser arrasadora, pero Jesús se posa victorioso sobre las aguas y es más poderoso que las olas del mar (Sal. 93:4). Los vientos de los problemas pueden rugir a su alrededor, pero Jesús los tiene en sus manos y los puede acallar cuando él quiera. Oh, si algún lector de este escrito tiene el corazón destrozado, está agobiado por los problemas o triste, acuda a Jesucristo, clame a él y se calmará. "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mt. 11:28).
Invito a todos los que profesan ser cristianos que reflexionen seriamente en el poder de Cristo. Dude de lo que quiera, pero no dude del poder de Cristo. Aunque no ame usted secretamente al pecado, quizá tenga sus dudas. Aunque no se esté aferrando en la intimidad al mundo, quizá tenga sus dudas. Aunque el orgullo de su naturaleza no se esté rebelando a la idea de ser salvo por gracia como un pobre pecador, quizá tenga sus dudas. Pero no dude de una certidumbre y esa es que Cristo "puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios" y le salvará si acude a él (He. 7:25).
Extraído del libro El Señor de las olas, por J. C. Ryle. Publicado por Chapel Library www.ChapelLibrary.org/spanish
