Justificados en Cristo y sostenidos por Su gracia | Madelin Reyes

Justificados en Cristo y sostenidos por Su gracia | Madelin Reyes

Durante años luché contra mis malos deseos con la convicción de que debía vencer cada pecado para poder ser salva. Cuanto más me esforzaba, más evidente se hacía mi fracaso. Mi vida espiritual se convirtió en una larga lista de pecados que debía erradicar y en un camino imposible de recorrer. No comprendía del todo mi condición pecaminosa; solo sabía que, por mis propias fuerzas, no lograba alcanzar la justicia que creía necesaria para presentarme delante de Dios.

Con el tiempo, el Señor me permitió entender una verdad fundamental del evangelio: por mis propias obras jamás podría vencer el pecado ni producir una justicia aceptable delante de Él. Mi justicia era insuficiente. En medio de esa búsqueda agotadora, conocí a Jesucristo y la obra perfecta que Él realizó en la cruz. Allí, Cristo cargó con el pecado y pagó el precio que yo no podía pagar. Desde entonces, cuando me acerco a Dios en el nombre de Jesús, Dios no me mira conforme a mis faltas, sino conforme a la justicia de Su Hijo, la cual me ha sido imputada por gracia.

También comprendí que la vida cristiana no consiste en completar una lista de logros espirituales ni en alcanzar una perfección terrenal. La salvación no depende de nuestra capacidad para vencer el pecado, sino de la obra consumada de Cristo. La santificación, en cambio, es un proceso diario, progresivo y sostenido por la gracia de Dios. Por eso Jesús nos llama a vivir en dependencia constante, diciendo: “Tome su cruz cada día, y sígame” y también: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán”.

Nuestra relación con Dios descansa en un pacto eterno establecido en Cristo, pero nuestra experiencia diaria de comunión se vive día a día, bajo la guianza del Espíritu Santo. Mientras habitemos en este mundo, no seremos inmunes al pecado ni a la tentación. Dios no promete una vida sin lucha, sino Su presencia fiel en medio de ella. Por eso, cada día nos encomendamos nuevamente a Él, no confiando en nuestra fortaleza, sino en Su gracia que nos guarda.

Y aun cuando caemos, no quedamos fuera de Su gracia, porque la Escritura nos asegura que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn 1:7). Esta verdad no nos lleva a la indiferencia, sino a una humildad profunda y a una dependencia constante de Cristo.

De manera similar a la expresión conocida en otros contextos —“sobrio solo por hoy”—, el creyente vive confiado en que la gracia de Dios es suficiente hoy, y que mañana volverá a ser sostenido por el mismo Señor que lo justificó y lo preservará hasta el fin.

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