La obra del Padre en la salvación del pecador | Madelin Reyes
Sin embargo, muchas veces perdemos de vista los atributos que caracterizan Su carácter. El pecado nubla nuestro entendimiento y nos hace temer acercarnos a Dios, como si Su santidad fuera incompatible con Su misericordia. Olvidamos que Cristo no vino a llamar a justos, sino a pecadores, y que aquellos que descansan en Él por la fe no serán jamás avergonzados. Si conocemos el amor de Dios, no es porque hayamos llegado a Él por iniciativa propia, sino porque Él, en Su gracia soberana, decidió amarnos primero y atraernos a Sí.
Dios no da de manera limitada ni mezquina. Todo lo que concede fluye de Su voluntad eterna. La mayor expresión de ese amor es el don de Su propio Hijo. En la cruz, Dios manifestó de forma perfecta Su justicia y Su misericordia, castigando el pecado y, al mismo tiempo, otorgando salvación a Su pueblo. Allí quedó asegurado el favor divino para aquellos que están en Cristo, no por méritos humanos, sino únicamente por gracia.
Como afirma el apóstol Pablo, con plena certeza fundada en la obra redentora de Cristo:
“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:38–39, RVR1960)
Esta seguridad no descansa en la constancia de nuestra fe, sino en la fidelidad inquebrantable de Dios, quien preserva a los suyos hasta el fin.
