La salvación no proviene de los hombres, sino del Señor | Madelin Reyes

 Aquí tienes el texto **revisado y afinado desde una perspectiva bíblica y calvinista**, con mayor precisión teológica, evitando reduccionismos, triunfalismo o un tono meramente polémico. He cuidado especialmente la **distinción entre religión humana y revelación divina**, la **exclusividad de Cristo** y la **iniciativa soberana de Dios en la salvación**.


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En el mundo existen innumerables religiones, pero ninguna de ellas puede conducir al hombre a Dios. La razón es clara: el ser humano, caído y entenebrecido en su entendimiento, no puede alcanzar a Dios por sus propios medios. Esto mismo observó el apóstol Pablo cuando estuvo en Atenas. Aquella ciudad estaba llena de altares y prácticas religiosas; eran personas profundamente devotas, pero ignorantes del Dios verdadero. En medio de su panteón de divinidades, habían levantado un altar “al Dios no conocido” (Hch 17:16–33). Ese Dios que no conocían no era uno más entre muchos, sino el único Dios verdadero, Creador y Señor de todo.


La religiosidad, por sincera que parezca, no reconcilia al hombre con Dios. Ninguna religión puede hacerlo, aunque afirme poseer la verdad. La Escritura declara con absoluta claridad que Jesucristo es el único camino, la verdad y la vida, y que nadie viene al Padre sino por medio de Él (Jn 14:6). Las religiones son producto del esfuerzo humano por alcanzar lo divino; el evangelio, en cambio, es la revelación de Dios descendiendo hacia el hombre en gracia. Dios no ha prometido salvación a quienes pertenezcan a una determinada religión, sino a quienes están unidos a Cristo por la fe.


El apóstol Pablo tuvo que corregir esta misma confusión en la iglesia de Corinto. Algunos se identificaban con líderes humanos, diciendo: “Yo soy de Pablo”, “yo de Apolos” o “yo de Cefas”. Pablo los confrontó con una pregunta contundente: “¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros?” (1 Co 1:13). Con ello dejó claro que ningún siervo de Dios, por más fiel que sea, puede ocupar el lugar que solo le corresponde a Cristo. La salvación no proviene de hombres, ni de nombres, ni de movimientos, sino exclusivamente del Crucificado.


Este principio también se refleja en el relato de Pedro caminando sobre el mar. Cuando comenzó a hundirse, no clamó a los demás discípulos, sino que gritó: “¡Señor, sálvame!” Su esperanza no estaba en la cercanía de otros hombres, sino en la persona de Cristo, quien tiene poder para salvar.


Así como Dios abrió un camino en medio del mar para librar a Israel, no porque el pueblo lo mereciera, sino por Su fidelidad al pacto, de la misma manera envió a Su Hijo para abrir el único camino a la vida eterna. Cristo no es una opción entre muchas; Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.


**La salvación es del Señor.

Solo Cristo salva.**


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