El quebrantamiento bajo la providencia de Dios | Madelin Reyes
Durante muchos años me quejé de las pruebas que se presentaban en mi vida. En mi ignorancia espiritual, llegué a pensar que Dios estaba en mi contra y que, por esa razón, permitía que tantas aflicciones me alcanzaran. Lloré, sufrí y me desgasté interiormente hasta el punto de perder el deseo de vivir. Me sentía frustrada con la vida y también con Dios. No encontraba salida a mis conflictos, y esa falta de entendimiento me condujo a una profunda tristeza y abatimiento del alma.
No comprendía el significado del quebrantamiento, ni su lugar dentro de la obra de Dios en la vida del creyente. En Su providencia, el Señor tuvo que enseñármelo con paciencia y claridad, utilizando incluso a una persona en particular como instrumento de Su gracia. Hoy, al mirar atrás con mayor discernimiento, reconozco que Dios ha estado obrando en mi vida de manera silenciosa pero constante, aun a través del dolor. Nada ha sido fortuito. Todo ha formado parte de un proceso ordenado por Él, en el cual nunca me ha dejado sola.
La Escritura nos muestra este mismo patrón en la vida de hombres piadosos. En el caso de Job, Dios permitió la pérdida de sus bienes y de sus hijos, no como castigo arbitrario, sino para llevarlo a un conocimiento más profundo de Su majestad y soberanía. Job no recibió todas las respuestas a sus preguntas, pero llegó a confesar: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven”. De manera similar, el Señor permitió que Pedro lo negara, no para destruirlo, sino para humillarlo y restaurarlo. Después de volver a Cristo, Pedro conoció con mayor profundidad la misericordia de Dios hacia el pecador y fue fortalecido para servir con un corazón más dependiente y sobrio.
En medio de la prueba, es común sentir que Dios guarda silencio o que nuestras oraciones no reciben una respuesta visible. Esto puede desanimarnos y debilitar nuestra fe. Sin embargo, la ausencia de señales inmediatas no significa la ausencia de Dios. La Escritura afirma que Él es fiel y que no abandona la obra de Sus manos. Si el Señor permite ciertas aflicciones, no lo hace sin propósito. Todo lo que Él decreta está subordinado a Su gloria y al bien último de Sus hijos, aunque ese bien no siempre sea evidente para nosotros en el momento.
Debemos reconocer que no fuimos creados para comprenderlo todo. Hay aspectos de la voluntad de Dios que permanecen ocultos a nuestra razón finita. A nosotros no nos corresponde exigir explicaciones, sino confiar en Su carácter. Sabemos que Dios es sabio, justo y bueno, y que incluso aquello que a nuestros ojos parece pérdida o maldición, Él lo usa como medio para nuestra santificación. En Su economía perfecta, nada se desperdicia.
El quebrantamiento, entonces, no es el fin, sino el lugar donde aprendemos a depender verdaderamente de Dios. Es allí donde reconocemos nuestra debilidad y descansamos en Su fuerza. No nos sostiene nuestra capacidad de entender el proceso, sino Su gracia soberana que nos preserva y nos permite avanzar, aun cuando el camino esté marcado por el dolor.