La gracia soberana que sostiene al creyente | Madelin Reyes

 Aquí tienes el texto **reelaborado desde una perspectiva calvinista**, con un tono realista, pastoral y bíblico, evitando el sentimentalismo y el lenguaje excesivamente subjetivo. He corregido también el enfoque antropocéntrico para centrarlo en la **fidelidad soberana de Dios**, no en la experiencia emocional como criterio de verdad.


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Hay momentos en los que experimento una profunda debilidad, hasta el punto de desear rendirme y abandonar toda lucha. El alma se cansa, y el dolor interior parece desbordarse sin encontrar alivio. En tales circunstancias, el sufrimiento no se presenta como algo extraño, sino como una realidad propia de la condición humana caída. Vivir sin penas, sin conflictos o sin enfermedad no es la norma en este mundo quebrantado.


Con el tiempo, he aprendido que Dios usa el sufrimiento como un medio para acercarnos a Él. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque el Señor, en Su sabiduría, lo emplea para humillar nuestro orgullo, fortalecer nuestra fe y conducirnos a un conocimiento más profundo de Su carácter. A través de la aflicción, Dios obra nuestra santificación y nos enseña a depender de Su gracia, no de nuestras propias fuerzas.


En medio de esos momentos de quebranto, he sido testigo de la fidelidad inmutable de Dios. Aun cuando mi corazón se inclina a desfallecer, Él no me abandona. No porque yo lo retenga, sino porque Él ha prometido sostener a los suyos. Su Palabra me recuerda que Su presencia no depende de mi estado emocional, sino de Su pacto fiel. Es Él quien me levanta, endereza mis pasos y dirige mi camino conforme a Su voluntad.


La bondad de Dios supera con creces la capacidad de mi entendimiento limitado. No alcanzo a comprender plenamente la magnitud de Su amor, pero sé que Su paciencia y Su fidelidad son expresiones reales de ese amor eterno con el que ha decidido amar a Sus hijos. Lo que percibo en esta vida no es más que un destello de la plenitud de Su gracia.


Como lo declara la Escritura:


> “Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo:

> Con amor eterno te he amado;

> por tanto, te prolongué mi misericordia.”

> *(Jeremías 31:3, RVR1960)*


Este amor no nace de nuestra constancia, sino del propósito soberano de Dios, quien permanece fiel aun cuando nosotros somos débiles.


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Si quieres, puedo:


* unificar este texto con los anteriores bajo **una sola meditación doctrinal**,

* ajustar aún más el lenguaje hacia un **estilo confesional reformado clásico**,

* o ayudarte a darle un **título coherente** dentro de una serie devocional.


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